Kyosoan by dennisartEl mundo es todo lo que sucede, con esta frase tan china abre Wittgenstein su Tractatus. La traducción francesa, que también me gusta mucho, dice algo como que el mundo es todo lo que hace (un) caso. En su sentido original, la palabra caso, además de suceso significaba caída. Me quedé pensando en la caída, y en todo lo que cae. También en la pérdida. Para los místicos, la pérdida –del mundo, de uno mismo, y yo añado de sentido- tenía la misma naturaleza que la salvación -que la revelación, que el encuentro con algo vital.
Cuando Freud quiso cernir algo del sentimiento religioso o espiritual en el ser humano tomó prestada de un amigo la expresión de sentimiento oceánico, de eternidad, continuidad y fusión con el universo y las cosas. Pero la pérdida del self, la hipotética fusión o indistinción con el todo no sólo está en lo sagrado, sino que puede acontecer también en otros contextos, más ordinarios y terrenales. Ciertas experiencias de la locura, de lo traumático, ciertos viajes del sujeto de la palabra o la conciencia, pueden dar cuenta de ello. Yo creo que explicar algunas de estas experiencias desde las desafortunadas teorías de la personalidad y la psicología no puede dar nada bueno y que el menosprecio que existe hoy por la atención al caso particular es fatal… la psicoanalista F. Davoine acude al Teatro de la Crueldad de Artaud para explicar el trabajo que puede realizar un analista cuando se encuentra frente a un sujeto perdido, expulsado fuera de todo discurso o lazo social. El lugar del analista se asemeja, más que al del médico o el sabio, al de aquel doble artaudiano: doble que no es un semejante, ni un alter ego, puesto que en ese contexto ya no queda ego, ni tampoco alter, ningún otro en relación especular. El analista se parece mucho más a ese hombre sin situación de los diálogos chan de Lin Tsi, un personaje antagonista en escena que está ahí para darle la réplica al paciente, para jugar su juego de lenguaje. Y lo que tiene lugar sobre esa extraña escena no proviene de la psicología de los personajes ni de las interpretaciones, sino de un acontecimiento, algo que se “actúa” para liberarse de ello.
Esta semana me maravilló el relato de un antiguo amigo, un bailarín excepcional que después de más de nueve años en Japón formando parte de la compañía del maestro del butoh Kazuo Ohno, ha regresado y busca su lugar en España. Joan Carlos Soler se dedica ahora a la enseñanza en Madrid, y esta año, entre otras cosas, ha estado dando clases de interpretación a bailarines clásicos. Me divertía imaginar el diálogo entre esos cuerpos tan entrenados en el código de la danza clásica y el trabajo de Joan Carlos tan marcado por el butoh. Me explicó como trabajó durante un tiempo con la muerte, haciendo ante todo que se plantearan qué era para ellos, cómo se la representaban. Deduzco que saldrían imágenes, movimientos, improvisaciones. Más tarde cómo se representaban su propia muerte, la de cada uno de ellos. Los imagino espantados de no tener personaje ni máscara tras la que protegerse, preguntándose por qué algo tan abstracto en sus clases de interpretación. Y finalmente Joan Carlos, con su humor alicantino, preguntándoles por el desenlace final del Lago de los Cisnes.
A veces una buena pregunta es la única garantía para obtener una respuesta.






