old books in Panjiayuan by Westwinds ZhouSe ha dicho hasta la saciedad que los JO ofrecían a China una
oportunidad de oro para demostrar al resto del mundo los grandes cambios realizados por su gobierno y sociedad, para fortalecer la democracia, dar grandes pasos en materia de derechos humanos y libertad de expresión o prensa, y entrar a formar parte de la comunidad internacional. Para mi, en cambio, suponía la oportunidad de que pudieran desplegarse visiones y discursos más complejos, matizados y lúcidos sobre el mundo chino fuera del ámbito sinólogo, que a menudo resulta limitado.Cuando alguien me preguntaba si no me apetecía estar en China durante los juegos yo siempre respondía que lo que de verdad esperaba era poder
disfrutar este tiempo de numerosos de artículos y programas de periodistas como
Rafael Poch, que ayudasen a dejar atrás los lugares comunes, obviedades, simplezas y puntos de vista que de tan superficiales y parciales, acaban siendo erróneos y simples mentiras. En los últimos meses, los medios de comunicación se han centrado exclusivamente en la cara más oscura y siniestra de China. Como explicaba Poch hace unos días, todo hacía referencia a un
“régimen casi orwelliano de represión, tortura, control de Internet, ejecuciones y censura, cuando la realidad es mucho más rica, abierta, variopinta y dinámica de lo que sugiere esa visión negruzca, tan poco inocente y tan poco independiente de criterio” Llegamos a situaciones tan absurdas como las declaraciones de personajes como G.Bush desde Tailandia, exigiendo cambios en los derechos humanos, siendo él el máximo responsable del gobierno que ha creado y sigue manteniendo Guantánamo, o apoya incondicionalmente al gobierno de Israel. Pero sin tener que acudir a extremos tan bochornosos, no puedo dejar de preguntarme cuando la gente de la calle compara la sociedad china, con qué otra sociedad ideal inexistente la compara. Además de llenarse la boca con la palabra democracia. Yo cada vez me siento más ajena,
más perpleja, más china y asombrada de la parcialidad y falta de curiosidad de las personas por lo que la realidad depara. Este domingo incluso Joan de Segarra arremetía con la cancioncilla de lo incongruente que era que se celebrasen los jjoo en un país como China, y calificaba de incomprensible y ofensivo que sigan habiendo
retratos de Mao Zedong en lugares y edificios oficiales, o en las calles. ¿Qué parte de la historia de China se le escapa? Es obvio que nunca ha estado en China más de una semana, y por supuesto nunca ha conversado con la gente de la calle o las ciudades, que sí son capaces de explicar con toda lógica el por qué de esas imágenes y qué significado tienen aún para ellos, qué es lo que explican de su historia, sus aciertos y sus errores. A mi me hace pensar que la verdadera incapacidad para asumir el pasado y entender el presente no es precisa ni exclusivamente de los chinos. Y es que una vez asumida la importancia de ciertas formas, ciertas reglas sociales y morales que se han subjetivado, de lo que se puede o no decir, los chinos son mucho menos hipócritas de lo que se piensa. Muchos de los que vieron aquí como algo normal que China entrase en la
WTO, exporte, importe y fabrique para el resto del mundo, se rasgan las vestiduras con lo de los juegos.
Mi terreno no es el periodístico, sino en todo caso el subjetivo, poético, artístico o psicoanalítico, por lo que agradezco esos espacios en los que gente que sí sabe de lo que habla se toma la molestia de deshacer malentendidos sobre todas estas cuestiones más generales y políticas. En un artículo de la vanguardia de ayer Poch describe una anécdota que me parece muy representativa de lo que le suele suceder a alguien cuando superando los prejuicios y tópicos se acerca a la realidad china. Un profesor de ciencia política llega a la universidad de Pekín y se da cuenta de que allí hay más libertad de expresión que en su anterior puesto en Singapur,
“Creía que me piedirían mi programa de lecciones a principios de curso, pero cuando pregunté me dijeron, ¿programa? Usted explique lo que quiera” En contra de lo que se piensa el régimen chino es mucho más abierto y relajado, y los espacios de discusión existen, la información está más liberada de lo que parece y muchos de los cambios de la sociedad vienen provocados por la presión que se ejerce desde abajo. Por supuesto que la represión, la censura, la tortura existen y son una lacra, también para ellos.
En aquel libro de
Hisayasu Nakagawa el autor cuenta como hace unos años en una conferencia sobre los principios de Kitaro Nishida, tradujeron desafortunadamente un concepto clave de sus últimos trabajos, el koi-teki chokkan –algo así como la intención que se concibe en el acto en sí- con la expresión “intuición activa”. Según el autor, muchos fueron los franceses que se quedaron atrapados en las preguntas sobre la diferencia y oposición tan occidental entre activa y pasiva, sin poder enterarse de nada más. Algo así me parece que pasa a menudo con China. Las discusiones quedan habitualmente abortadas por todas esas cuestiones culturales sin real interés que impiden cualquier razonamiento elaborado, y nos alejan sin duda de los contenidos. Menos mal que al margen de todas esas discusiones estériles empiezan a no ser pocos
los que de manera rigurosa desechan desde el principio el derrotero provinciano orientalista. Pensaba en los libritos de
Jean François Billeter “
Contra François Jullien” y "China tres veces muda", en el que dice claramente en un capítulo al concluir,
“hay que elegir” o bien se parte del mito de la alteridad consustancial china, cuyas posturas artificiales suelen llevarnos a callejones de traducción sin salida tales como la anécdota de la conferencia de filosofía japonesa en el Pompidou, o bien se opta por el sentido común, se abandonan ideales inexistentes que dividen el mundo en un imaginario ellos contra nosotros. Creo que tanto los análisis de Billeter en lo filosófico/sinológico, de Poch en lo periodístico, o de
R. Lanselle en lo analítico a través de la relación escritura-lengua y discurso social coinciden en que el análisis ha de ser histórico, económico, y político ante todo, humano. Para Billeter, como para Motaigne, parte de la experiencia propia, corporal (véase su brillante e inspirador
Cuatro lecturas sobre Zhuangzi), dice en el primero de los libros mencionados:
"para mi no hay nada por encima de la persona, y sobre todo nada por encima de dos personas que se escuchan y entienden con el uso de la palabra y la razón". Sin duda, si en vez de inflar el imaginario, hiciéramos el esfuerzo de utilizar esas armas tan sencillas como potentes, mucho de lo que nos parece incongruente y ofensivo en china, cobraría un nuevo valor.
(perdonen por la extensión del post, no supe resumir-me)