polaroid photo by ArtsykenDe regreso y aún con algo de resaca laboral, intento ponerme al día en todo el resto… volver a las lecturas, los amigos, el tiempo para estar, y no sólo para hacer. Mientras hago, ¿acaso soy? No lo acabo de tener tan claro…
Acabando a toda prisa un trabajo de la uoc, me encontré con los textos de Pierre Lévy, pensador de la cibercultura, alrededor de la inteligencia colectiva. Lévy habla de un capitalismo informacional que se dirige hacia una cierta forma de comunismo. Se trata, no obstante de un comunismo paradójico porque no excluiría la propiedad privada del principal medio de producción contemporáneo: la idea. Es cierto que aunque sigamos comprando y vendiendo objetos materiales, cada vez más el conocimiento humano constituye el factor principal de producción de riquezas, mientras que los servicios e informaciones que engendra tienden a convertirse en los bienes de mercado. La idea es para Lévy un signo, una forma, una cierta estructura de relaciones, (yo pienso en un relato). Para poder disponer de ella no hace falta que tome una forma material, queda fijada o pertenece al ámbito de lo que él llama memoria. La información, en cambio, surge del reencuentro entre una memoria individual (una cierta asociación de ideas) y una idea disponible en la inteligencia colectiva. Bonito.
El mundo de las ideas es infinito; necesitamos de ellas para poder interpretar las informaciones y como dice Lévy, los creadores de las ideas no permanecen propietarios (ni ellos ni quienes han comprado sus derechos) más que por un tiempo. La información es inapropiable, el dinero simultáneamente privado y público, la idea viene de alguien y pasa a todo el mundo. Bueno, su desarrollo es interesante.
Un amigo al que le brillan los ojos al hablar me pasó una entrevista realizada a J. Lacan en 1957 por el periódico Express, donde éste se expresa de manera espontánea y elocuente, dirigiéndose a un público no analista, en la que pienso repetidamente en el principio del libro de Porge, Los Fundamentos de la clínica psicoanalítca, de absoluta actualidad en relación al debate actual entre psicoanálisis, psicoterapias y nuevas clínicas que recorre también algunas instituciones en Barcelona. Efectivamente el vocabulario de la clínica con la que el sujeto contemporáneo pueda hablar de sus sufrimiento, plantear sus enigmas, dirigirse al otro, ha de evolucionar con el tiempo, pero estos analistas intentan hacerlo a través de claves lakhanianas como la topología y no de las nuevas terapias. El discurso topológico, por ejemplo, les permite no tener que estar interpretando todo el tiempo, otorgando sentidos a destajo y colgando etiquetas a las que uno se agarra para seguir gozando de su síntoma. Todo eso que parece tan rebuscado en la topología no busca sino simplificar y aligerar equipaje, tranzando mapas e itinerarios, relaciones más espaciales y menos determinantes. Por otro lado el discurso de las psicoterapias se inscribe en la que Foucault, siguiendo a Canguilhem, enunció como la sociedad de la norma, frente a la perdida sociedad de la ley. La norma y la ley pueden a veces confundirse, pero aunque la ley pueda hacerse norma, cualquier norma no es una ley. Mientras la ley describe una regla generalizada hecha imperativa y emanando de una autoridad, la norma es, en su inicio, un estado habitual, regular, conforme a la mayoría. En la sociedad de la norma, donde se distingue entre normal y anormal, es esta media de la mayoría la que se aparece como ideal y deviene prescriptita. El éxito de las psicoterapias confirma lo que decía Foucault. Y no sólo las psicoterapias, también las técnicas evaluativas que participan de esas enfoque normativo de lo moral, social y económico. Parece que evaluar la normalidad o sanidad mental de alguien, nos puede aportar una garantía, una respuesta a cómo hacer para que el objeto evaluado se adapte a los criterios. Todo bajo un discurso que bajo esa apariencia progre tolerante es terriblemente totalitario. En fin, Brillante arranque el de Porge, lleno de luces y precisiones.
