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25.7.07

el cuerpo que espera


Hokusaï, Joueur de flute assis sur une branche de saule, contemplant le mont Fuji - 1839 scaned by dominiq
Frente a la visión materialista de la medicina clásica occidental que se esfuerza en representar la vida psíquica como una entidad corporal, el cerebro, con propiedades mentales, y frente a la que yo creo es una mala interpretación de la visión oriental o espiritualista del cuerpo como un organismo mental, compuesto por meridianos energéticos o chakras, con propiedades físicas, el aporte freudiano vino a zanjar para muchos ese falso dilema, que ya debería estar obsoleto; me sorprende que aún haya gente que debata si es la actividad neuronal la que rige y determina la vida psíquica, no disponiendo ésta de una real autonomía, o si es la actividad psíquica la que actúa y transforma la realidad neuronal. Evidentemente, y tal y como lo muestran los ejemplos más banales de nuestra vida cotidiana, se trata de un sistema que funciona en ambas direcciones. Pero bajo pretexto de que se puede identificar la subida o descenso de la actividad neuronal en los encefalogramas, hay aún quien confunde lo que está siendo estimulado con lo que es agente estimulador. Hoy escuché en la radio a Jean Michel Thurin, psiquiatra y psicoanalista en la Salpetriere, en un breve programa sobre psicosomática. Ese tipo de afecciones orgánicas aparecen cuando la tensión psíquica es demasiado fuerte y el sujeto no puede elaborarla en su interior. Aunque sólo sea porque el cerebro comanda el sistema nervioso, endocrino e inmunológico, hay quien dice por ejemplo, que el cáncer podría aparecer, en parte, por la deserción inmunitaria y endocrina sufrida como consecuencia de un acontecimiento traumático. Pero lo realmente interesante fue lo que dijo Thurin acerca de los efectos de la persistencia neuronal, es decir, de la memoria, y la existencia de una red o entramado de conexiones neuronales que se construyen en cada uno como una arquitectura, una especie de infraestructura a la vez maleable y estable, a partir de las huellas que han dejado las vivencias o percepciones, y que terminan haciéndonos reaccionar o produciendo un encendido ante representaciones internas o estímulos externos en relación a nuestros propios recuerdos. Así se explica la dimensión temporal esencial de la vida psíquica, que la diferencia del simple funcionamiento neuronal u orgánico que sí puede ser observado e identificado en un único momento, pero no reducido a él, al no tener en cuenta esa acumulación de percepciones y vivencias, que hacen que ese entramado sea complejo y único, subjetivo. Como recordaba Thurin, Freud ya lo había definido así en sus comienzos, y parece que los conocimientos actuales no hacen sino darle la razón. Si no hay emoción, no hay memorización pero si hay demasiada emoción, paradójicamente, se bloquean las neuronas y tampoco hay memoria, o esa memoria se convierte en obsesión, síntoma, significante que acecha.
Yo pensaba estos días en el cuerpo que no sólo recuerda, repite e inscribe, sino que espera. En ese camino hacia la muerte que descubrimos más allá del principio de placer, existe no sólo el freno que supone el saber o el crear, el significar como límite, sino también el desear, el esperar: esperar que las cosas salgan bien, que mañana llegue aquello, tener la curiosidad de escuchar a otro que no sea uno mismo, estar abierto, incompleto. Tener proyectos es desplegar un espacio en blanco delante nuestro, una especie de memoria de futuro a seguir construyendo

13.7.07

albergue para el viajero

alone in a pond, photo by Basilio Noris
Hace unos días que el viaje me mantiene lejos de este lugar que me acoje, al acoger mis palabras. Hoy recibo el mail de un amigo escritor que me dice que mi página es inaccesible desde china desde hace tres días. Que estoy proscrita. Esta semana (también sin tiempo) la he dedicado, a parte de mis deberes de huesped a una amiga que venía de lejos (inevitables las palabras de Confucio sobre el placer de recibir a los amigos que vienen de lejos), a buscar dos cosas: algún relato de viajes en china del poeta francés Victor Segalen, cuyas notas escuché en le feuilleton de FranceCulture hace unas semanas, y algunos poemas chinos para empezar a caligrafiar en casa, y marcarme esa más que sana rutina… Segalen publicó en 1929 un cuaderno de viajes, en el que se refiere a China como el País de lo Real, al que va contrastando con el Imagnario. Y me reconozco en esa sensación suya, en que al encontrase frente a esa inmensidad china, sabe que algo le concierne. En otro programa de esa radio francesa, escuché por casualidad una emisión brevísima sobre la psicopatología del trabajo, otro de mis temas favoritos. Los comentaristas hablaban apuntaron varias ideas: el hombre es más grande que su tarea, lo que hace que se produzca un desbordamiento de los aspectos subjetivos del individuo sobre las tareas objetivas en su trabajo. Lo esencial es que el hombre pueda reconocerse en lo que hace, pouvoir se sentir comptable (qué expresiones ricas tienen los franceses) Exigimos el reconocimiento de los demás cuando nos nos reconocemos nosotros mismos en lo que hacemos, y esto es lo que crea la enfermedad. También decían algo exquisito acerca del discurso que impera en estos ámbitos laborales: que existe la ilusión de una cierta transparencia en el lenguaje, de que hay que intentar utilizar un discurso lo más objetivo y lo más neutro posible, “normalizarlo” para adecuarse a la realidad. Error!, -nos avisan desde la radio, la metáfora y el lenguaje poético pueden adecuarse mejor a la realidad o la vivencia del trabajo ordinario.
Este poema de Meng Haoran, poeta de la dinastía Tang, traducido por Guillermo Dañino, me ha hecho pensar en este lugar donde me siento acogida, y también ese lugar que se busca a través del trabajo, donde uno pueda reconocerse a sí mismo.

Me Albergo en el Río Jiande

Avanzo con mi barca y me detengo en el islote de niebla.
Anochece. Se renueva la nostalgia del viajero.
En la amplitud silvestre, el cielo presiona los árboles.
Por el río cristalino se me acerca la luna.