
Hokusaï, Joueur de flute assis sur une branche de saule, contemplant le mont Fuji - 1839 scaned by dominiq
Frente a la visión materialista de la medicina clásica occidental que se esfuerza en representar la vida psíquica como una entidad corporal, el cerebro, con propiedades mentales, y frente a la que yo creo es una mala interpretación de la visión oriental o espiritualista del cuerpo como un organismo mental, compuesto por meridianos energéticos o chakras, con propiedades físicas, el aporte freudiano vino a zanjar para muchos ese falso dilema, que ya debería estar obsoleto; me sorprende que aún haya gente que debata si es la actividad neuronal la que rige y determina la vida psíquica, no disponiendo ésta de una real autonomía, o si es la actividad psíquica la que actúa y transforma la realidad neuronal. Evidentemente, y tal y como lo muestran los ejemplos más banales de nuestra vida cotidiana, se trata de un sistema que funciona en ambas direcciones. Pero bajo pretexto de que se puede identificar la subida o descenso de la actividad neuronal en los encefalogramas, hay aún quien confunde lo que está siendo estimulado con lo que es agente estimulador. Hoy escuché en la radio a Jean Michel Thurin, psiquiatra y psicoanalista en la Salpetriere, en un breve programa sobre psicosomática. Ese tipo de afecciones orgánicas aparecen cuando la tensión psíquica es demasiado fuerte y el sujeto no puede elaborarla en su interior. Aunque sólo sea porque el cerebro comanda el sistema nervioso, endocrino e inmunológico, hay quien dice por ejemplo, que el cáncer podría aparecer, en parte, por la deserción inmunitaria y endocrina sufrida como consecuencia de un acontecimiento traumático. Pero lo realmente interesante fue lo que dijo Thurin acerca de los efectos de la persistencia neuronal, es decir, de la memoria, y la existencia de una red o entramado de conexiones neuronales que se construyen en cada uno como una arquitectura, una especie de infraestructura a la vez maleable y estable, a partir de las huellas que han dejado las vivencias o percepciones, y que terminan haciéndonos reaccionar o produciendo un encendido ante representaciones internas o estímulos externos en relación a nuestros propios recuerdos. Así se explica la dimensión temporal esencial de la vida psíquica, que la diferencia del simple funcionamiento neuronal u orgánico que sí puede ser observado e identificado en un único momento, pero no reducido a él, al no tener en cuenta esa acumulación de percepciones y vivencias, que hacen que ese entramado sea complejo y único, subjetivo. Como recordaba Thurin, Freud ya lo había definido así en sus comienzos, y parece que los conocimientos actuales no hacen sino darle la razón. Si no hay emoción, no hay memorización pero si hay demasiada emoción, paradójicamente, se bloquean las neuronas y tampoco hay memoria, o esa memoria se convierte en obsesión, síntoma, significante que acecha.
Yo pensaba estos días en el cuerpo que no sólo recuerda, repite e inscribe, sino que espera. En ese camino hacia la muerte que descubrimos más allá del principio de placer, existe no sólo el freno que supone el saber o el crear, el significar como límite, sino también el desear, el esperar: esperar que las cosas salgan bien, que mañana llegue aquello, tener la curiosidad de escuchar a otro que no sea uno mismo, estar abierto, incompleto. Tener proyectos es desplegar un espacio en blanco delante nuestro, una especie de memoria de futuro a seguir construyendo

