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24.4.09

cuando el tiempo se detiene

rainy day by mboogidown
Me ha sorprendido una furia indomable, im-posible de domar precisamente, creo, porque era atrasada, porque pertenecía a otro tiempo, o porque tal vez no era toda-mía, pensaba, pertenecía aún a otros…. Esta vez la dejé venir, sin cerrarle ninguna puerta, y sentándome sobre de ella, pensé en el zen y el butoh, donde el sensei suele plantear preguntas: ¿dónde estabas antes de nacer, ¿dónde estamos cuando el tiempo se detiene? Me pregunto sobre el “fuera del tiempo”, me imagino yo sin mi furia, ahí sentada, sobre un olvido, y hasta me sorprende que no me resulte difícil hacerlo. En otras culturas es más corriente que se desdibujen los límites del yo, experimentando algo de un encuentro con el otro, en el que se transfieren experiencias de manera natural. Parece ser que en su origen la palabra griega therapôn hacía referencia a ese tipo de relación dentro de los relatos homéricos, Davoine habla de los soldados, compañeros de batalla entre los que se teje una complicidad indestructible, de doble ritual, hombre ceremonial según Wittgenstein, donde uno se hace cargo del otro aún cuando uno de ellos ya no está y se siguen encontrando en sueños. Como en aquel poema de Du Fu a Li Bai, siempre exiliado, en que Du Fu se pregunta por su paradero y dice habérsele aparecido en sueños.
No dejen de leer el precioso post de Frikosal en el que el sueño de un bicho, Bombylius, se confunde con el suyo propio, en una relación con esos seres enigmáticos de la naturaleza que el propio doctor reconoce como terapéutica.
Davoine para avanzar en sus investigaciones sobre el tipo de relación transferencial que le interesa, y que yo sólo he encontrado debidamente salvaguardada en el psicoanálisis, evoca al maestro zen que utiliza el kôan paradójico y absurdo para devolver a su interlocutor su propio saber, sus propias palabras, y el teatro nô como paradigma de la comunicación con esas otras dimensiones fuera del tiempo, hechas de pedazos de lo Real. En escena aparece un peregrino, que de camino hacia algún sitio se topa con un personaje modesto que se encuentra trabajando ahí, tipo un jardinero o un sirviente. Le pregunta por el sitio donde se encuentran. No es un lugar cualquiera, sino un sitio marcado por un acontecimiento pasado: una batalla, una catástrofe, una victoria o un naufragio, cuya memoria custodia el jardinero. Cansado del viaje, se echa a dormir un rato y en sueños le aparece un personaje de otro tiempo. Sus rostro está cubierto por una bella máscara de madera, su cuerpo envuelto en un suntuoso kimonos antiguos, ha venido para explicar la epopeya de su familia y el desastre sucedido, cruzándose de ese modo ambas temporalidades. Davoine compara al analista con el peregrino que presta su inconsciente para que sirva de puente entre los dos mundos, el del analizante dentro de la temporalidad compartida, y el de más allá, fuera de todo tiempo, que no deja de acecharle.

21.12.08

(des)occidentada

photo by Hatoya
Así como quien no quiere la cosa, he estado unos días en Dubai. Es una ciudad artificial, donde a excepción de un par de barrios de callejuelas sin demasiado interés ni historia, no se camina por la calle sino que se recorre en coche, lo que para mi es un horror. Quien piense que Pekín es una ciudad atravesada por autopistas se equivoca. Que vaya a Dubai. Trabajé, recorrí hoteles y centros comerciales y aluciné bastante. Encontré, sin embargo, varias cosas que me gustaron. Una de ellas sigue siendo la llamada al rezo, también presente en el resto de países árabes. Siempre me parece que esa voz, que es un canto, viene de otro lugar, con otra consistencia más poética e interior. Como ocurre en las películas o en los musicales cuando los pensamientos más íntimos de los personajes se hacen audibles, las voces que ellos escuchan pero los otros no, desde otra dimensión en la que el tiempo objetivo se detiene. Como si esas rupturas temporales pudieran hacer más vivible el resto del día. También me gustó el rastro,- únicamente visible aún por lo real de la geografía y algún detalle folklórico-, de esos pueblos del desierto, beduinos y nómadas, anteriores al descubrimiento del oro negro. Pescadores, recolectores de perlas, comerciantes y artesanos, criadores de halcones y músicos. Civilizaciones creadas con la conciencia de que cualquier cosa que construyeran podía quedar enterrada bajo la arena y desaparecer con el paso de los años. No es de extrañar entonces la espiritualidad latente, ¿qué otra cosa puede hacer uno cuando sólo cuenta consigo mismo, sino mirar al cielo estrellado que cubre mar y desierto? La otra cosa que me gustó fue la cortesía, que además de oriental, tal y como comprobé también sabe ser árabe, como la hospitalidad. Curiosamente me había llevado en la maleta algunos textos lakhaniano-japoneses, recogidos en aquel número del Campo Freudiano Lacan y la Cosa Japonesa que me pasó Mercè. Discusiones y ponencias que hacían referencia a dos textos de Lacan principalmente: Aviso al lector japonés, y el artículo Lituratierra. Ahí encuentro mucho de lo que me interesa: ese tipo de lengua sostiene un tipo de lazo social, en el sentido lacaniano de discurso, más refinado. Mientras todo el formalismo japonés (lenguajero y social) es leído desde aquí como algo engañoso y artificioso del que tendemos a desconfiar, Lacan nos recuerda en cambio que es esta ficción la que mejor sustenta la verdad: el que no todo se pueda decir siempre, el que muchas cosas sólo puedan decirse a medias, el que siempre aflore la pregunta de si ese gesto es sincero o una mentira, si la palabra que yo pronuncio puede dar cuenta de la representación que yo me hago en la realidad, todo ello es constitutivo de la más natural de las interlocuciones. La cortesía permite además que el sujeto se identifique con unas reglas escritas, unas formas establecidas, y no con unos rasgos específicos de su consistencia e identidad. Que pueda descansar un poco de tanto sí-mismo. El sujeto japonés, que para decir yo dispone numerosas formas y términos, dependiendo de a quién se dirija (el yo gramatical no es una entidad única, sino que depende del otro o tú al que se dirige) permanece más libre de ataduras, sin tener que estar dando cuenta constantemente de su supuesta robusta e indestructible consistencia existencial. Lacan habla de la variabilidad esencial de la verdad en la cortesía, que en vez de remitir a un único trazo unario (un trazo de personalidad, por ejemplo) que la defina, remite a un cielo constelado. Como en esos pueblos del desierto...
Y para aquellos que alegan que tanta formalidad (en la cortesía por ejemplo) impide la emergencia de la subjetividad, que no le permite a uno ser o saber quién es, un analista japonés explica que ellos entienden el formalismo ante todo como una manera de adaptación al mundo exterior en cualquiera de sus formas, comprender y formalizar las cosas extranjeras, en esto consiste el espíritu tradicional formalista de su cultura.
Esa referencia a las cosas extranjeras, me hizo pensar en algo que escuché el otro día: la verdad es extranjera para el ser humano, inmerso como se encuentra en el mundo del lenguaje, las identificaciones y los semblantes. En el análisis ocurre algo paralelo. Al analista no le interesan demasiado los contenidos y significados profundos de todo lo que decimos. Al menos su escucha flotante no es eso a lo que apunta, sino a leer algo de esa forma, a la que en psicoanálisis llamamos letra, que se deja leer sin por ello tener que estar reivindicando todo el tiempo, la consistencia de nuestro ser.
Hoy estuve algo densa, lo siento, fue parte de ese des(a)occidente inesperado

9.12.08

wabisabi state of mind


bonsai, originally uploaded by geis.t.

Cuando anochece en los valles el viajero busca cobijo donde pasar la noche. Ve altos juncos que crecen por todos los lados. Los reúne con una brazada, erguidos tal y como se mantienen en el campo y los ata por la parte de arriba: al momento ya dispone de una choza donde descansar. A la mañana siguiente, antes de emprender el camino, desata los juncos, la choza desaparece, y vuelve a convertirse en un campo indiferenciado de hierbas. El paisaje natural parece recuperar su forma pero quedan huellas minúsculas del refugio. Algún junco doblado o aplastado, otro anudado aquí y allá. Queda también la memoria de la choza en la mente del viajero, y en la mente del lector que lee la descripción*. El wabi-sabi, la noción japonesa para la belleza de las cosas imperfectas, mudables e incompletas, se refiere precisamente a esas trazas delicadas , evanescentes, que rodean el vacío. La estética japonesa del wabi-sabi, asociada en sus orígenes a la ceremonia del té, está inspirada en el budismo chan chino y en la atmósfera y expresión de la poesía y pintura monocromática de la dinastía Tang, cuyos poetas hemos citado a menudo aquí. Y eso he rencontrado estos días hojeando otra obra china mucho más antigua, esa nueva versión en español del Yi Jing. Por primera vez el texto se me revela más allá de su función oracular como un texto filosófico chino, desprovisto de todas esas connotaciones esotéricas orientalistas con las que lo suelen asociar. La traducción, rigurosa, evita complacernos con el gusto de lo exótico indescifrable y, al contrario, nos invita a través de una elección más literaria y filosófica, incluso racional, a otro tipo de lectura, si duda más china. Me pareció muy significativa la traducción del título del último hexagrama, el número 64, Wei Ji , con el que se cierra este enigmático libro. La traducción de R. Wilhem, que hasta ahora servía de referencia para el lector español como la más seria y literal, lo traduce como Antes de la Consumación; la traducción de Jordi Vilà y Albert Galvany, en cambio, utiliza las palabras Consecución incompleta. Mientras en la primera parece poderse anticipar una promesa de consumación, de completud o incluso conclusión, la segunda parece querer evitar voluntariamente ese espejismo, reenviándonos de nuevo a un cambio, a una nueva oscilanción, a lo eternamente incompleto...

8.11.08

para qué escuchar a china?

under the rain by shivalemur
Tengo una íntima amiga que trabaja desde hace más de 10 años como experta en temas de legislación medioambiental en pesca internacional. Además de eso, es una de las expertas mundiales sobre el krill de la Antártida, Hace poco, de paso por Barcelona, me habló de la dificultad de entendimiento con gobiernos como el japonés, y me confesó que creía que parte de los presupuestos y energías dirigidos a la sostenibilidad deberían invertirse en la resolución de esa incomunicación. ¿Cómo, siendo Japón un pueblo tan sensible a la naturaleza y exquisito en sus tradiciones y en otras cuestiones colectivas, puede producirse tal desencuentro a la hora de las negociaciones sobre leyes internacionales que incumben al planeta entero? Para ella no había duda de que el desconocimiento cultural de los agentes negociadores era una de las causas principales del punto muerto en que se encuentran estos asuntos aún hoy en día.
Como sabrán no soy ninguna defensora de los discursos culturales, al contrario, me fastidian bastante y no suelo desperdiciar ocasión para criticarlos. Alguna que otra vez he citado lo que dice J. F Billeter al respecto en esa especie de biblias que son sus ensayos para mí: Los discursos culturalistas les sirven (a los gobernantes del mundo) porque, creando división, se ofrecen inagotables medios de manipulación. El discurso culturalista tiene otros efectos perversos: simplifica lo que es complejo o lo ha sido. Detiene lo que estaba en movimiento, especialmente cuando define una “cultura” para hacerla comparable u opuesta a otra. Es por lo general apologístico y carece de crítica. Reivindicando la unidad de la cultura de la que habla, no es capaz de observar las contradicciones, ni las discontinuidades; no concibe las rupturas pasadas, ni por lo tanto las que pueden producirse. Al tiempo que cultiva la nostalgia de antaño, nos encierra en un puñado de en sueños fragmentados.
Sigo pensando que el entendimiento de China puede sernos más útil de lo que pensamos, y no sólo por lo que este país supone en la economía mundial de este momento histórico. En este sentido el lector hispanohablante lo tiene crudo. Al tiempo que se multiplican por librerías del mundo las obras de François Jullien, se extiende un supuesto discurso filosófico sobre china creado por él, aplicado a no sé cuántas esferas de la vida cotidiana, al que se van apuntando desde diversos sus ámbitos, y con la misma falta de rigor unos y otros. Ya lo decía Amelie Nothomb en su Sabotaje Amoroso, China tiene el sorprendente poder de convertir en pretenciosos a todos aquellos que han estado allí, incluso a todo aquellos que hablan de ella. La pretensión induce a escribir, De ahí la ingente cantidad de libros sobre China.
Por supuesto, entre tanto ser humano impelido a escribir sobre ella, muchos son los que no sólo nos inspiran, sino que nos enseñan y nos permiten avanzar y se han hecho necesarios (de mi máximo agrado y de por aquí, ya lo saben Manel Ollé, Alicia Relinque, Anne Hélène Suarez, o Pedro Ceinos, Rafael Poch desde Pekin).
A lo que iba, en estos momentos existe en el panorama internacional una interesante y fructífera discusión entre François Jullien y el sinólogo suizo que yo siempre cito J.François Billeter, que el lector hispanohablante se está perdiendo. Billeter escribió hace un par de años un libro del que hablo a menudo, dando lugar, más allá de lo anecdótico del título, a una discusión que apuntaba al análisis histórico, el pensamiento, lo político y la revisión y lectura de autores tanto antiguos como contemporáneos. Los libros de Billeter (con una excepción), las entrevistas o artículos al respecto siguen sin ser publicados en castellano (uno de ellos se titula precisamente China tres veces muda.) A mi me parece que el poco interés de los editores en nuestra lengua es sintomático de la indiferencia y la superficialidad con la que se tratan temas que nos atañen y que nos ayudan a comprender mejor el mundo en que vivimos.
Esta semana me enteraba que el corresponsal de la vanguardia, mi (muy) admirado Rafael Poch ha dejado Pekín y ha sido enviado a Berlín. La verdad, la noticia me ha entristecido. Esta semana iré a ver la exposición sobre la ciudad china de la que ya hablé y que ya ha llegado al cccb de París, también espero ir a escuchar a Begoña Ruiz de Infante en el encuentro organizado alrededor de La mujer china: cultura y bagaje; y en casaasia parece hay una exposición de la pareja Rong Rong- Inri.

27.7.08

夏天

calabazas en una tienda en Tsumago, photo by Barbara Rich

Un par de haikus del libro de henri bruel, humor zen, traducidos del francés por esteve serra


la calabaza engorda

yo adelgazo

¡qué calor!

Tun


salgo,

haced el amor tranquilamente,

moscas de mi casa

Issa

14.7.08

imágenes de un mundo efímero

a partir de un grabado de Suzuki Harunobu, Googling Fuji, by Mike Licht
A la consideración general de que en China la escritura se hacía exclusivamente en lengua clásica, valdría matizar el caso del teatro . A diferencia de otros géneros literarios chinos desarrollados por letrados y funcionarios, y de otras tradiciones teatrales como la griega cuyos poetas como Esquilo, Sófocles o Eurípides constituían una parte esencial de la alta literatura, en China el teatro no será considerado literatura hasta épocas muy tardías. Aunque ya en de la dinastía Han existían espectáculos musicales, acrobáticos, con marionetas y danzas, es sobre todo a partir de la entrada del budismo en China en que empieza a aparecer en los escenarios nuevos temas, personajes e instrumentos musicales procedentes de Asia oriental. La introducción de la imprenta a través de los textos budistas, la evolución de los cuentistas y la apertura y crecimiento de las ciudades hacen que ya en la dinastía Song se pueda hablar de las primeras piezas, que eran representadas en las calles y centros urbanos como divertimentos populares Sin embargo, es en la dinastía Yuan, la de los invasores mongoles, cuando el teatro chino alcanza su máximo desarrollo. Dos son las razones principales del florecimiento dramático, por un lado el desarrollo de las ciudades, y por otro la abolición de los exámenes imperiales que hace que los letrados, desocupados, deban buscar otras maneras de ganarse la vida. Tal y como explica Alicia Relinque, los prejuicios han frente a la literatura en lengua vulgar se pierden y mientras la poesía y el ensayo siguen la línea clásica, el teatro permite la lengua popular alejada de los cultismos de la escritura. Con el tiempo se distinguirá este teatro del Norte de las formas del Sur, y más tarde irán apareciendo nuevas formas escénicas regionales, diversificando modelos, según áreas geográficas, hasta que en el s XIX vuelvan a converger en una forma nueva, fuertemente codificada y de convenciones mucho más rígidas, la ópera de Pekín. Las representaciones tenían lugar en escenarios montados para la ocasión, en edificios, en casas de té, en ferias comerciales y en templos, muchas veces itinerantes, en festivales y fiestas, por lo que era un teatro que prescindía de escenografía, el escenario solía estar vacío. Tampoco existía un telón que bajara o subiera, sino un elemento, una puerta al fondo, la puerta de los fantasmas guimen dao, o puerta del tambor, gumen dao que, según explica Alicia, por su homofonía, también puede ser traducida como puerta del pasado, debido a la conciencia de los autores de estar reviviendo el pasado y sus fantasmas!. Bertold Brecht tomó de este tipo de teatro no sólo la manera en que hablaban los personajes y se presentaban sus historias, también el trabajo de los actores. En el volumen Tres Dramas Chinos magníficamente preparado, anotado y traducido por A. Relinque, aparecen 3 obras, de las cuales ya me he leído la primera, La injusticia contra Dou E, que conmovió al cielo y a la tierra, maravillosa, hacía tiempo que no leía algo tan moderno y esencial. Me gustaría mucho poder hacer una versión un poco reducida y trabajarla con niños chinos de aquí. Al mismo tiempo, comienzo como lectura de verano La Interpretación de los Sueños de Freud, y me ha hecho gracia el paralelismo entre esa puerta de los fantasmas en el teatro y la puerta de acceso al inconsciente. En francés al trabajo de ensayos se le llama repetición, como en un sueño en que se repiten episodios o escenarios deseados, temidos, vividos que son de nuevo dramatizados, y por lo tanto modificados. Por eso seguramente esta pieza sobria de estructura y diálogos recios me ha recordado al teatro lleno de visiones oníricas de Heinrich Von Kleist, cuyos personajes, precozmente freudianos, conocían la importancia de esas visiones, que llevaban hasta las últimas consecuencias. También me hicieron pensar en los bellísimos y enigmáticos grabados japoneses de la exposición de la Pedrera, que recomiendo vayan a ver. Como en los sueños, sobre el papel de arroz, y en espacios en blanco aparecen con una aparente y sorprendente libertad, palabras y poemas escritos, que no estoy segura si descifran o matizan las escenas. En cualquier caso, a mi esos signos flotantes me hacen soñar…

13.4.08

ficciones necesarias

foto objeto-a, playa de Pals

Hay quienes para no dar nada, para no dar amor, vamos, dan un montón de cosas, normalmente materiales. Lacan decía que el amor es dar aquello que no se tiene, el falo, a quien no lo es. Personalmente no concibo la relación amorosa, paradigma del amor en general, sin la emergencia de algo que entiendo como ficción, y que, pensaba estos días, no estaría lejos de eso. En el amor necesito una ficción, que nada tiene que ver con el fingir, o el mentir, con dejar de ser uno mismo, o vivir en un personaje. Se trata más bien de ser capaz, de tener el valor y la imaginación para crear una ilusión con el otro de poder colmar mutuamente lo que cada uno desea, sabiendo en todo momento que no es más que un pacto, una ficción, una especie de secret romantic agreement
Esa ficción tan loca y absurda, que sólo puede idearse en el estado maravilloso y ciego del enamoramiento, puede o no durar, pero lo cierto es que como se preguntaba Carrie Bradshaw, ¿cómo sostener una relación sin el zsa zsa zsu, esas las mariposas en el estómago, que dicen lo anglosajones? porque aún cuando ha pasado el sentimiento, siempre queda la memoria, el recuerdo, que para mí es corporal y remite a aquel pacto...
Esta semana en un seminario de psicoanálisis con niños y adolescentes, reflexionábamos acerca de la dificultad de los padres para sostenerse frente a las demandas constantes de cosas de los hijos, especialmente en momentos de adolescencia, de crisis y cambios, demandas que se hacen imposibles de satisfacer, pues cuando se ha satisfecho una, ésta pierde valor y aparece otra nueva. Seguramente ese amor lacaniano, el de intentar dar lo que no se tiene, pero aún así intentarlo, es decir, reconocer al otro y a su deseo pero al mismo tiempo reconocer que no se lo podemos satisfacer completamente y aún así no salir corriendo, sea lo único que podamos hacer. No me estoy explicando bien, pero en eso pensaba estos días, acompañada por la lectura interrumpida de Barthes en su viaje a Japón. Estos días sin tiempo… sin demasiadas claves o llaves que abran nuevas dimensiones de tiempo. El viernes en el encuentro organizado por el Espai Freud me interesó mucho lo que explicó Julieta Piastro sobre la idea de Agamben acerca del privilegio contemporáneo de una conciencia de historicidad del conocimiento, que lo relativiza, y al hacerlo relativiza nuestras verdades. A mí me sonaba muy chino, muy lakhaniano. Rithée Cevasco indicó el peligro de las sociedades neurotizadas que tienden a interpretar el mundo según la lógica fantasmal, es decir idealizándolo o degradándolo. Nos han vendido que la postmodernidad es el sinsentido, y me alegró escuchar que no es así, que se trata en todo caso de abrir un espacio para un nuevo relato, para la reconstrucción de nuevas formas y espacios interpretativos. Barthes utiliza la metáfora urbanística para hablar de algo de esto. Dice que en Occidente las ciudades suelen ser concéntricas, debido a una ley o sentimiento cenestésico que requiere que todo espacio urbano tenga un centro a donde ir, y del cual partir, un centro pleno, que respondería también a la metafísica occidental para la que el centro sería el lugar de la verdad. Ir al centro es encontrarse con la realidad social.
En cambio una ciudad como Tokyo, -y yo pensaba también Pekín-, presenta una bella paradoja: la ciudad entera gira alrededor de un centro a la vez prohibido e indiferente, el palacio donde se supone vive un emperador que no vemos nunca. Esas nuevas ciudades de la modernidad están "construidas alrededor de una anillo opaco de murallas y canales de agua, techos y árboles, cuyo centro no es más que una idea evaporada, y cuya razón de subsistir no es irradiar poder sino dar a todo el movimiento urbano el apoyo de su vacío central, obligando la circulación en un perpetuo desvío. De esta forma, el imaginario se despliega circularmente, por rodeos y vueltas a un sujeto vacío"

18.1.08

el camino de regreso a casa

Nieve en Yoshiwara (1771) de Suzuki Harushige

Pedro me dijo que ayer había nevado en Pekín, y mientras preparo mentalmente mi viaje de este fin de semana a París, e intento acabar cosas pendientes aquí, pruebo, sin éxito, a escuchar una entrevista en internet al realizador Ang Lee sobre su última película Lust and Caution, que me gustó mucho y en la que sigo pensando todavía. Al mismo tiempo me he acordado de esta lámina que descubrí esta semana en un libro precioso de grabados japoneses. Se trata de una escena de cortesanas, en el poema que aparece arriba dice: “La nieve ha caído imperceptiblemente con lo que va a ser difícil encontrar el camino de vuelta a casa” A través de la celosía de la ventana, explica el comentarista de las láminas, se puede ver un palanquín en el que el cliente del barrio del placer es conducido de regreso a casa. Suponemos que la nevada cayó mientras el hombre se entregaba al amor, y por lo que vemos en la escena, no debió de prestarle demasiada atención al vino de arroz y a las golosinas, porque las muchachas parecen estar calentando la comida que sobró. Una de ellas remueve las brasas con una horquilla del pelo, la otra prepara las tazas para beber sake, la tercera dirige nuestra mirada afuera de la ventana, y a un lado, en primer plano, la liebre blanca de nieve ha comenzado a derretirse sobre la bandeja (!)
El poema me ha hecho pensar en la protagonista de la película de Ang Lee. La joven, que forma parte de un grupo de jóvenes de la resistencia, entabla una peligrosa relación con un colaboracionista japonés, con el fin de poder asesinarlo un día. Para ello adoptará una identidad falsa y se entregará a los juegos de seducción necesarios, convirtiéndose en su amante. A lo largo de esa relación descubre el sexo y accede al juego del deseo, bordeando el amor. Convirtiéndose en el objeto sexual y amoroso de él, ella, creo yo, consigue preguntarse como sujeto sobre su deseo, sin que los avatares o contingencias políticas parezcan interesarla demasiado, y sin que todo ese juego de semblantes sitúen lo que ocurre en un mero plano de representaciones, apariencias y relaciones imaginarias.
No sería difícil pensar que lo que pierde a la protagonista es su búsqueda de identidad en un mero juego de mentiras, artificio y personajes escenificados. Yo en cambio pienso que el verdadero motor de la joven es la búsqueda (me gusta mucho una palabra en francés, quête) del saber sobre su deseo, y sobre su relación de objeto. Lacan habla de ese movimiento de báscula que se realiza entre nuestro yo imaginario, la idea e ideales que tenemos sobre nosotros mismos, esa casa” imaginaria que es el yo, en la que creemos conocernos, creemos saber quiénes somos, lo que queremos, a qué aspiramos y el sujeto del deseo que nos liga al objeto, al otro, y del que nada sabemos. Por eso, como en el poema japonés de arriba, yo pensaba, después del amor, de la búsqueda a la que lleva el deseo, se hace difícil encontrar el camino de regreso a esa casa tan bien construida pero que no es quizá más que un albergue temporal, una posada en el camino

8.1.08

Mogari no Mori

Corran. Corran a verla: en el r.floridablanca hay dos sesiones (a las 18h25 y a las 22h40) en v.o.
Dos parecen ser los temas principales alrededor de los cuales se construyen las historias de Naomi Kawase, directora y guionista japonesa, nacida en 1969. Por un lado está el duelo, o la pérdida, y por el otro la liberación catártica que se produce en nosotros cuando logramos elaborar a partir de ese vacío, cuando algo se comprende y se transforma –no intelectualmente- Se libera un sentimiento que hasta ese momento ha sido del orden de la tristeza, pero que puede convertirse, sin que nada extraordinario suceda, en una especie de revelación vital, de alegría inmensa que nos vuelve a conectar con el mundo. Y es que en ese momento el sujeto es por fin capaz de compartir, de estar con los otros como no lo había estado en mucho tiempo, o quizá jamás. En Shara se trata de la historia de una familia en una pequeña ciudad japonesa, uno de cuyos dos hijos varones desaparece extrañamente cuando es pequeño. Vemos cómo la vida sigue adelante, y cada uno de sus miembros hace lo que puede con ese vacío, del que no se habla mucho pero tampoco se niega. Un verano, al cabo de unos años, la madre vuelve a estar embarazada, a punto de dar a luz, el padre participa en la vida de la comunidad y se encarga de la organización de las fiestas que tendrán lugar dentro de poco. Es el hijo que se ha quedado solo, ahora adolescente, al que todo eso parece estar pesándole más. En la escena final (que dura una eternidad pero es una maravilla) se produce esta catarsis liberadora a lo largo de un desfile musical callejero que avanza con una multitud bailando al ritmo de los tambores y los gritos, con aguacero caído del cielo incluido.
El bosque del luto (Mogari no Mori) me ha gustado más. Se trata de una historia más depurada y en cierta manera radical, en la que, me parece, la autora ha ido más directamente a los fantasmas que la acechan y obsesionan: la vejez, la maternidad, la pérdida y la renovación de la vida, o la relación generacional (no sé si alguien vio el documental que realizó sobre su abuela, Tarachime, traducido en francia como Nacimiento y Maternidad; siempre me impresionó en el comienzo el cuerpo de esa mujer de 90 años que más tarde muere, desnudo en la bañera). También es más esencial en la construcción de los personajes, diálogos y secuencias, y en su relación con ese elemento, que convierte en un personaje más y cuyo rol expresivo es definitivo: la naturaleza. No recuerdo ahora a nadie que haya filmado así el viento, las hojas, los árboles, la luz cambiante del sol, las montañas, el río, la lluvia. En esta película la naturaleza está claramente "envolviendo" a los personajes, protegiéndolos, abrazándolos, velando por ellos.
Si en Shara, que ví por primera vez con Roger en la edición del baff del 2003, donde por cierto ganó un premio, la catarsis compartida se produce en esa escena tan simple de danza y música final, en Mogari no Mori aparece en una escena impresionante cuando los dos personajes principales se encuentran perdidos en el bosque y se topan con un río crecido por la lluvia. El cine oriental no es una cuestión de bellas imágenes, acción ralentizada, pocos diálogos y personajes absortos y poco expresivos que fuman constantemente, es una cuestión discursiva, y también creo que tiene que ver con poder situarse en un lugar distinto para seguir explicando lo mismo.
mi reverencia más respetuosa a Naomi san!
y aquí pequeño trailer (aunque si la van a ver, mejor ni lo miren)

11.11.07

princesas zen

las bellísimas Andrea y Valentina en su casa de Londres el año pasado
Estos días me encuentro autorecluida entre las ocho paredes de mis dos casas, traduciendo varios artículos para un libro sobre el sujeto en el psicoanálisis, sin demasiado tiempo para nada más. Esta imagen de Valentina y Andrea y la sensación de libertad que me produce me hacen compañía y ayudan a sobrellevar lo arduo de la tarea. V. y A. son las hijas gemelas de Deborah y Brian, ella argentina, él irlandés. Desde que nacieron, un caos bastante bien organizado se instaló en la casa donde viven en Londres, creando en el interior de de sus murallas un microcosmos protegido donde las niñas iban vestidas de princesas y zíngaras, jugaban a juegos que ellas inventaban e iban descubriendo a través del cuidadoso relato de sus padres, el mundo de los diez mil seres, los nombres y las cosas. También he alternado el trabajo con algunos de los cuentos zen y haikus recogidos por Henri Brunel, cuyo libro, aunque descansaba sobre mi mesilla de noche desde hace tiempo, nunca había hojeado. Nada espectacular en estos relatos condensados al máximo, como extraños perfumes en diminutos paquetes esmeradamente preparados , pero sí el encuentro con el siempre necesario universo de monjes salvajes, que lloran en funerales de gente desconocida por el hecho de sentirse tan desapegados de todo, que se pirran por los melones, o caminan desnudos en las noches de verano, y que sacan las más sabias conclusiones de la observación de hojas de árboles y bambúes, de la brisa de la mañana que hace revolotear los pelos de la oruga, la paciente escalada de los caracoles, los espantapájaros o las gotas de lluvia al amanecer sobre un banano. Un monje zen se encuentra a otro en el camino . Hablan… uno le cuenta que ha recorrido el país de norte a sur, de este a oeste, y ha visitado miles de templos. El otro le pregunta quién le parece el maestro más grande de todos y el primero le contesta sin dudarlo, Oshibu, el maestro del templo de Edo. El segundo le pregunta qué es lo que le ha aportado. -Llegué a ese maestro sin nada y partí sin nada. El otro asombrado le pregunta por qué se quedó con él -¿Cómo habría sabido, si no, que llegaba sin nada y partía sin nada?
Este cuento se titula Encuentro, y me ha hecho pensar rápidamente en el encuentro con el diván en este mundo de bienes, y en este sujeto precario y liberado sobre el que traduzco, y lo que en psicoanálisis se llama la travesía del fantasma, perfectamente resumido en este sencillo cuento, y que lejos de tratar ningún concepto oscuro ininteligible sigue siendo muy zen

19.7.07

imágenes del mundo flotante

pintura de Kitagawa Utamaro
Parece ser que durante los primeros años de la floreciente, próspera y cosmopolita dinastía Tang (en aquella época llegaban a China estudiantes y monjes de Corea y Japón, jefes y guerreros turcos, khitanos y uigures, emisarios, artistas del Asia Central, comerciantes de la India, Siria, Persia y Arabia, mahometanos, budistas, maniqueos, nestorianos..) fue la emperatriz Wu Zhao o Wu Zetian, concubina de dos emperadores la que convirtió la poesía en requisito para los exámenes oficiales, y por lo tanto para el ascenso en los cargos públicos. Muchos funcionarios eran poetas dedicados al servicio del estado, y los deberes administrativos les obligaron a recorrer largas distancias para ocupar puestos en las fronteras, de aquí la añoranza, el lamento por la separación, el destierro, la amistad y las visitas como temas recurrentes en sus obras.
Un nuevo poema de Meng Haoran que me ha hecho pensar en la velada de ayer con Bel, bebiendo vino y poniéndome al día en noticias sobre el azufaifo
Visito la aldea de un amigo

El amigo prepara mijo amarillo con pollo
Me invita a su casa campesina
Verdes árboles protegen el pueblo
Montañas azules descienden hasta la muralla
La ventana abierta mira al huerto,
Con el vino charlamos de asuntos del campo
Con la llegada de la fiesta del doble sol
Volveré a contemplar los crisantemos

Regresé tarde a casa con una grabación que me prestó de franceculture sobre el famoso pintor de estampas japonés Kitagawa Utamaro, conocido sobretodo por sus bellos retratos de mujeres. En el programa intervenían historiadores del arte y conservadores expertos, intercalaban sus comentarios con poemas y música. Escuchar las descripciones de las láminas, las traducciones y el original de los poemas, fue todo un viaje. El arte de la estampa está muy ligada a la historia de la antigua ciudad de Edo ( actual Tokio) y fue desde sus inicios un arte de los artesanos, del pueblo, para el propio pueblo, fuera del dominio de la corte del emperador en Kyoto. La obra el Utamaro se encuentra ya en el siglo XVIII en el diccionario de las imágenes del mundo flotante, -concepto budista adaptado en s XVII al mundo laico, de los placeres, del teatro, las cortesanas y todo lo efímero

Vivir solamente el instante, contemplar la luna, la nieve, el cerezo en flor, y las hojas de otoño, amar el vino, las mujeres y las canciones, Dejarse llevar por la corriente de la vida, como la calabaza vacía flota en la corriente del río

Los monjes habían enseñado a leer a los comerciantes, mujeres y niños, el pueblo pudo desarrollar su arte, lejos del universo de los nobles. Así, una de las modelos favoritas del pintor era la hija de un artesano de pasteles de pasta de soja azucarada. Describieron láminas de insectos con libélulas rojas y escarabajos malvas. En ese libro de los insectos aparecen asimismo lagartos, serpientes y ranas, animales todos ellos cargados de afecto por parte de los japoneses. En primavera la gente va a contemplar las flores, en otoño se reúnen para escuchar el ruido de los insectos, alrededor de una botella de licor y buenos platos, si posible.

Mis lecturas estos días son interrumpidas por el trabajo y el cansancio y no me ha dado tiempo a buscar realmente, pero me preguntaba si la concepción corporal de la cultura china (japonesa y coreana por extensión) no estaría más cerca en ciertos aspectos de la concepción del cuerpo en psicoanálisis. Efectivamente el cuerpo para el psicoanalista no es el cuerpo de la anatomía, del fisiologista, ni siquiera el del biologista o el filósofo. No es que se ignoren las alteraciones bioquímicas o que se quiera negar las conclusiones de la ciencia médica, sino que eso no se encuentra en el centro de sus preocupaciones. Para el psicoanalista el cuerpo es el lugar del goce y del deseo, de su relación con el dolor, la pérdida, el otro, en su dimensión especular, objetual y también real, de su relación con el significante, cómo se inscribe éste en la escritura corporal del sujeto, cómo se manifiesta la simbología del síntoma. En la cultura tradicional china también existe una concepción del cuerpo en la que el funcionamiento de los órganos no tiene sentido si no es dentro de una visión global, articulada en base a un aliento interno que lo recorre y lo habita. Pienso el en gesto de un calígrafo, en la relación del cuerpo del ser humano con el paisaje, las resonancias, la falta de modelo, de esquema externo. Aún no sé cómo todo esto liga. Pero en fin, continuará…

23.2.07

madre ikebana


foto de LynninSingapore
Mientras mi familia paterna era la típica familia clásica conservadora española, la materna fue de lo más moderno y cosmopolita. Mis abuelos eran gallegos que de camino a las américas se quedaron a vivir en Las Palmas, y quizá influenciados por la brisa atlántica, abrieron sus horizontes y mentes. Con la modernez también vino cierta vena esotérica, que cada miembro fue llevando a su terreno y desarrollando a su tiempo y manera. Mi madre, que fue bastante visionaria y avanzada, y que había vivido en Londres y París a finales de los sesenta, leía cuando yo era pequeña en los años ochenta, sobre reencarnación, maestros tibetanos y numerología, hacía cursos de control mental, estudiaba ikebana, zen y tiro al arco y cuando llegábamos del colegio nos la encontrábamos a menudo en estado Alpha, tratando de alcanzar otros niveles de conciencia. Yo llegué a China después de haber estudiado dirección teatral, sido bailarina de butoh, y de haber practicado como buena hija de mi madre, numerosas técnicas orientales y corporales, entre ellas uno de los mejores taichichuan que existen en estos momentos, y de haber pasado por un análisis junguiano. No obstante, cuando me fui a China las respuestas esotéricas ya habían dejado de decirme algo y había abandonado la concepción junguiana de un self espiritista y fuerte. No me fui a Pekín en busca de los tópicos orientalistas de occidente. China era y sigue siendo una pregunta sin una única respuesta, el significante de aquello que no puede ser atrapado por completo, un mundo donde mi falta en ser y de sentidos no son un error y fatalidad propios que hay que llenar y negar, sino un vacío estructural a partir del cual ir escribiendo mi propia historia y subjetividad. Y ahora que trabajo con niños me doy cuenta de cómo todas aquellas respuestas interpretadoras de cuando era niña y adolescente, tan en boga por otro lado en estos días de constelaciones familiares, no supieron nunca explicar el mundo al que le faltaba siempre un pedazo, que yo creía mío….
Al contrario, ese supuesto saber que venía siempre del otro, no servía para nada más que para hacerme desaparecer como sujeto y aceptar lo que me pasaba como escrito en otra parte. Lo que sí me sirvió y me salvó de todo aquel éxodo new-age, sin embargo, fue la propia actitud de mi madre, esa disponibilidad o escucha flotante, estar abierta, que ha mantenido siempre, dispuesta a reinventarse en cada momento. No creo que consiguiera llegar nunca a otro estado de conciencia, pero al menos su honestidad y su curiosidad, su libertad y valor como sujeto, hicieron que se mantuviera en la conciencia, dispuesta a preguntarse y aceptar las respuestas del otro, cosa que muchos nunca consiguieron. En el curioso y bonito libro de Michitaro Tada, la Gestualidad Japonesa, dice el autor que en vez de gestos llamativos y exhibidores el japonés tiene el ikebana, que le sirve para adoptar esa actitud y transmitir la belleza a través de unos gestos y un intermediario, las flores, en vez de alardear y ostentar de ella

29.1.07

del saber

monje budista en Japon, by JFA
Empiezo a dar clases de chino a un grupo de niños de 6 a 10 años. Sorprendentemente me encuentro aquí, sin saber bien cómo he llegado. En muchas técnicas orientales no enseña el que más sabe sino a quien le toca aprender enseñando…también recuerdo que hace tres años, cuando me encontraba en la universidad en Pekín estudiando chino, me hicieron preparar una presentación de algún personaje que admirara mucho por lo que había conseguido, y por mucho que buscaba sólo se me ocurría Françoise Dolto, increíble psicoanalista de niños. Es gracias a ella que me hice lacaniana!
Cuando digo que “sé chino” sé que estoy mintiendo, pero es la única manera para que los demás lo entiendan. Espero saber, en cualquier caso, transmitir algo de esa lengua que tanto me fascina. Tampoco sé casi nada de psicoanálisis, y mañana me voy a París a una reunión de la asociación de la que soy miembro, Psychanalyse en Chine. Pienso estos días en que quizá yo sea tan pesada porque me empeño en encontrar otra forma de saber. Inevitablemente me viene a la cabeza el título de aquel libro de François Jullien, Un sabio no tiene ideas. En China, explica, la sabiduría es la vía, y cita a Zhuangzi, “Confucio es llamado el sabio porque carece de prejuicios, no tiene ideas, y por eso mismo, manteniendo la mente disponible, permanece totalmente abierto a cada “así”. Cita también, cómo no, a Wittgenstein “La idea ya está agotada, ya no vale para nada(…) Es como el papel de plata, que ya no puede alisarse una vez ha sido arrugado” Esa actitud de escucha flotante de la realidad me lleva a otra escucha inevitablemente. Para Lacan, la verdad y el saber están del lado de lo que se dice. “El saber es cosa que se dice, es cosa dicha. Pues bien, el saber habla solo, esto es el inconsciente” Dice que el saber es intersubjetivo, lo que no significa que el saber sea de todos, ni tampoco que sea el saber del Otro. el Otro no es un sujeto, sino un lugar donde vamos transfiriendo, ésos, nuestros saberes. Así que pienso en la modestia del sabio chino, y que el saber es algo que también me “vuelve” o “retorna”, Henri Michaux escribía en un viaje a Japón entre 1920-30 “El Japonés no sólo se achica ante Dios o ante los hombres, sino ante la ola más pequeña, ante la hoja encogida de la caña, ante una lejanía de bambúes que apenas ve. La modestia sin duda tiene su recompensa. Pues a nadie, en ninguna parte, se le manifiestan hojas y flores con tanta belleza y fraternidad”

10.12.06

pensamiento y poesía china en la trastienda de los análisis vol 3


foto de Hiroshi Hamaya Nigata, Japon 1956
En el volumen 3 de En la Trastienda de los análisis” del interesantísimo autor y psicoanalista Sergio Rodríguez, hay un capítulo dedicado a la conferencia de Hitoshi Oshima en 1990.
En esta conferencia el profesor Oshima se dispone a definir uno de los aspectos que desde su parecer especifican el pensamiento japonés (“pensamiento mítico” según Oshima) en oposición al pensamiento chino y coreano (que habrían desarrollado un pensamiento histórico y conceptualizado) mucho más cercano a la cultura y filosofía occidental. Para justificar tal teoría se basa en la escritura y concretamente en la poesía, presentando un poema quechua, un poema japonés, y un poema chino, todos traducidos al castellano. Nos habla de los haikus y nos muestra cómo en los dos primeros textos el poeta se expresa a través de signos codificados que determinan su significado dentro de un contexto determinado. Los signos o ideogramas no evocan conceptos sino imágenes cuyo significado varía según con qué otro signo esté combinado. Esto hace que el texto exprese múltiples mensajes a la vez.
Por el contrario, apunta que en el poema chino se perciben una serie de oposiciones irreconciliables. “El lenguaje del poema chino es conceptual, implicando la contradicción, la oposición y la ruptura”- dice
No disponemos del poema original chino, pero para cualquiera que tenga un mínimo conocimiento de la lengua china sabe que todo lo que Oshima esgrime como específico de la poesía japonesa, proviene y constituye la esencia de la escritura y poesía china, anterior y originaria de la japonesa. Los haikus no son sino la versión japonesa de los jueju chinos, y los ideogramas kanji utilizados por los japoneses provienen en su integridad de los caracteres chinos. Esta peculiaridad de dejar el discurso abierto, de la multiplicidad y simultaneidad de sentidos es fundamentalmente china. Es dentro del mismo ideograma o carácter chino que conviven imágenes diversas, y en la utilización más banal de la lengua el ser parlante se enfrenta con esta peculiaridad. Cuando los chinos hablan ven caracteres que remiten a objetos reales, y dentro de ellos signos que el tiempo ha llenado de significados. Existen en lengua castellana traductores y estudiosos de la poesía china, que a través de su riguroso y apasionante trabajo, dan clara prueba de ello con interminables ejemplos, desde la traductora Anne-Hélène Suarez (con la reciente publicación en Pre-Textos de sus traducciones poéticas) a los trabajos más analíticos de Alicia Relinque. Asimismo remito al interesado, al trabajo de Juan Carlos Indart, Psicoanálisis y Cortesía, que me llegó de forma incompleta, y desconozco si está publicado.