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11.2.09

de la muerte


travelling toyama by Isado
A las semanas de paréntesis le han sucedido unos días de cierto desbordamiento. Algunas de las palabras de ese Wittgenstein privado seguían esperándome en una libreta, y mientras me había quedado pensando en algo que dijo Manuel Delgado, en la efervescente e interesante presentación del libro de Bel la semana pasada, en torno a las guerras: y es que por mucho que a veces nos cueste reconocerlo, lo cierto es que sucede que la gente se mata, se matan unos a otros y a sí mismos, ha sido y es incluso hoy, una forma de vínculo social, de relacionarse con el otro. Por primera vez Delgado me pareció muy freudiano. El Wittgenistein ficticio de mi libro, siguiendo su discurso sobre la locura, decía que muchas veces para expresar la muerte omnipresente no queda otra cosa que mostrarla (como se muestra algo que no se consigue decir, que no se puede siquiera imaginar pero que ha sido, sin embargo, registrado por el sujeto) con la esperanza de liberarse de ella. Un analista pregunta con asombro -¿Es que usted busca liberar a sus pacientes?, - Sí, de algo que está fuera del discurso, que se materializa por el bies del analista y que en un segundo tiempo puede enunciarse, ser olvidado, finalmente reprimido… Efectivamente, en Freud, para que haya vida, para que el sujeto apueste por ella es necesario un cierto desconocimiento, una falta de saber sobre su propia muerte. Mientras al neurótico de a pie le falta ese saber, aparece en ocasiones en el discurso del psicótico el encuentro de bruces con ella. Ayer por la noche leía entusiasmada un precioso artículo de Anne Hélène Suarez publicado el año pasado por la revista del Colegio de Méjico acerca de los poemas ante la muerte en la China antigua; como ocurre en otras culturas, existe en China la tradición de la escritura de epitafios y últimas palabras antes de morir y, como señala AH, debido a su tradición poética, estos escritos adoptaron en seguida y a menudo la forma versificada. Uno de ellos fue escrito por un príncipe de la dinastía Han, Liu Dan, que al ser descubierto en una conspiración, fue condenado al suicidio. Todas son traducciones de de Anne-Hélène,

Regreso a la ciudad vacía
ni un perro que ladre, ni un gallo que cante

Desiertas se extienden las avenidas

Y sé que en la capital no hay persona alguna


Además de la interpretación más literal en la que la capital quedaría desierta a causa y después de su muerte, existe otra posible que identificaría la “ciudad vacía” con el reino de las tinieblas al que el ser humano regresa al morir, -en la tradición china la muerte es a menudo concebida como un retorno al origen. Pensaba en la imagen de soledad absoluta y sideral y me pareció que daba cuenta no sólo de la muerte sino de alguno de esos estados subjetivos vitales al que uno no debería dejar de intentar ponerle palabras para domesticarlos.
Anne Hélène en su artículo hace un pequeño recorrido por distintos periodos y corrientes filosóficas. De entre los poemas de tradición chan (zen) hay uno que me ha gustado especialmente, pertenece a un maestro muerto en el 1149, Cai Zhen ,

Nada es superfluo en la vida,
Ni falta nada en la muerte

Acompañemos al tiempo
Será una nueva fuente de deleite


Me recordaba además a uno de los aforimos que ya cité aquí del libro de Gonzalo Suarez, preparado por ella y el librero de la calle Berlinés, Salvador Foraster: el tiempo ni anda ni corre, nos espera sentados.
También me pareció altamente sugestivo la evocación del mundo de los inmortales (el carácter de inmortal está comppuesto por el radical de persona y el caracter de montaña) y de aquellos maestros y poetas que se retiraban a morir en las montañas.

No digáis, gente del mundo, que el camino es difícil
Con sendas para pájaros, recodos como tripas

Cuidaos, aguas de la orilla del Torrente del Ramio,

Volved vosotras al mar, que yo vuelvo a la montaña

(del maestro Qing Huo, del s.X)