
Tintin, regalo de Martina
Su Dongpo decía que algunos libros no deberían darse por acabados hasta haberlos leído varias veces, ya que en cada lectura uno puede centrarse y descubrir diferentes aspectos esenciales. A mi me pasa con algunos libros y también con ciertos autores, como es J. F.Billeter. Retomo estos días su maravilloso ensayo, Cuatro lecturas sobre Zhuangzi publicado por Siruela en esa colección de libros pequeñitos y traducido por Anne Hélène Suarez. Creo que hay algo de lo que leí hace tiempo que hace eco con mis preguntas de ahora. Su lectura fue una revelación cuando trabajaba en un espectáculo extraño de creación propia, La felicidad no ha hecho feliz a nadie, con música de Bach. Hacia el final del ensayo Billeter proponía una lectura de Zhuangzi polifónica, semejante a la de la escucha de Bach, cuya complejidad no está en los elementos sino que resulta de su combinación. Billeter acude a esta misma idea de re-lectura para elaborar algo nuevo y subversivo en su trabajo de sinólogo y sobretodo de pensador: y es que más allá de su interpretación y exégesis de la obra del enigmático e interesante autor que fue Zhuangzi, Billeter lo que hace es mostrarnos otra manera de leer, no sólo un texto, sino también la realidad. Al inicio del libro presenta en varios puntos su método: cuando abordo un texto no me pregunto qué ideas desarrolla el autor sino de qué experiencia particular o de qué aspecto de la experiencia común está hablando. Para él un filósofo es un hombre que piensa por sí mismo, y que toma como objeto de su pensamiento la experiencia que tiene de sí mismo, de los demás y del mundo, que se informa de lo que piensan o pensaron otros antes que él, que es consciente de las trampas del lenguaje y por lo tanto lo utiliza de un modo crítico. Ahora bien, el lector puede asimismo unirse a él, haciendo uso de su experiencia por su cuenta. Para el segundo punto de su método Billeter se refiere a Wittgenstein: la dificultad, el mérito del pensador no estriba en encontrar la solución sino en reconocer la solución en lo que parece ser sólo la premisa. La dificultad se debe, según el filósofo, a que esperamos equivocadamente una explicación cuando es la descripción la que constituye la respuesta. Eso es lo difícil, detenerse. Insiste en eso en numerosas ocasiones a lo largo de su obra: hay que saber detenerse en la descripción. En el psicoanálisis ocurre algo muy parecido. A menudo volvemos una y otra vez sobre lo mismo, sobre lo dicho y evocado un millón de veces, y parece que nada nuevo, que ninguna respuesta pueda surgir nunca de ahí, cuando es en el seno de la descripción donde reside la clave que acaba descifrando el engima. El psicoanálisis apuesta por ese saber subjetivo y en eso también es subversivo.
Hay otras conexiones lakhanianas, quizá por eso Billeter pueda concluir en las últimas páginas que del Zhuangzi emerge un paradigma, nuevo para nosotros, del sujeto y la subjetividad. Si la representación del sujeto que ha dominado nuestras tradiciones religiosas y filosóficas, así como nuestras concepciones psicológicas, es la de una instancia autónoma y activa, pero cuya actividad puede convertirse en pasiva, de ahí la idea de las pasiones, en Zhuangzi lo que llamamos sujeto o subjetividad aparece como un ir y venir entre el vacío y las cosas. Ese vacío nos ofrece la posibilidad de redefinir y cambiar, de dar significado a nuestro mundo a través de lo que hagamos con él.
Mientras pensaba en todo esto leí el interesante y bonito post de hace unos días de elPasaelTiempo acerca de un texto de Derrida, Dar (el) Tiempo, donde aparece la idea de que el tiempo no es nada en sí, es un vacío (por lo que no se puede dar, tomar, poseer) y que de ser algo sería, metonímicamente, las cosas con las que lo llenamos. Durante años he pensado que mis trabajos fiduiciarios me tomaban todo el tiempo, como hace el rey con Madame Maintenon en su trampa neurótica, despojándome de todo lo mío. El análisis, en su trabajo des-identificatorio, permite detener el reloj tirano y neurótico, dejar de ver la realidad como un todo y aprender a transitar ese vacío que nos permite, en último lugar, darle un sentido a nuestro tiempo.
