photo by masaaki miyaraAyer no conseguí llegar a la conferencia que daba
Colette Soler en la
escuela de los Foros Lacanianos, en
Accep. En cambio hoy sí acudí a la última sesión del
seminario de este año, dedicado a los discursos, donde también participaba ella. Parece ser que ayer C.Soler planteó una cuestión que se encuentra cercana al centro de mis preocupaciones (la escritura y
la letra, la cura en la psicosis, el legado chino…) y que denominó con el nombre de
Inconsciente Real, en contraposición con el inconsciente simbólico (el que hace síntoma, cadena significante, asociación libre, sueño, discurso) y que se relaciona (el real)con el final de análisis. En cuanto mis últimos compromisos del curso me lo permitan, debo armar un pequeño texto resumen con las notas de lo trabajado este año con Mercè Altimir en las sesiones de
El color del Viento, y éstas apuntan en direcciones paralelas.
Hoy se planteaba el análisis que hizo Lacan sobre el discurso capitalista, como regulador de una estructura social. Ante la pregunta inevitable de cuál podría ser la salida a este modo de organización económica globalizada capitalista, aparecía –casi a modo de koan o respuesta zen- la de un cambio en el deseo: es decir, la de la generalización de un
deseo-otro, que viniera a objetar el deseo predominante de hoy (consumo, producción y grandes éxitos) y que nos permitiera salir del callejón sin salida en el que nos encontramos.
Me gustó que C.S. hiciera mención a esa figura tan china a la que hace referencia Lacan siempre, la del
Santo (que no coincide con la del religioso occidental, sino más bien con la de Gracián o Mencio) cuyo deseo
es peculiar, no canónico y lo distingue del rebaño.Me alivió también que señalara una realidad de la clínica de ahora, la de mi generación, y un cambio importante respecto al pasado. Antes los sujetos acudían al analista en busca de un saber que los liberase. Ahora en cambio, los
desposeídos habitantes de un mundo arrasado por la destrucción y la precariedad, acudimos con la pregunta y el deseo de poder construir algo, una profesión, una familia, un proyecto vital que se desintegra en nuestras manos nada más alcanzamos a tocarlo.
Aunque no soy en absoluto fan de las ediciones de poesía china de Hiperión (¡qué desafortunadas!) ni de su selección del famoso
寒山 , este poema me ha parecido tan adecuado para estos días, que no he podido resistir el traerlo:
Si los que saben me vuelven la espalda,
y yo vuelvo la espalda a los que ignoran,
a quienes no son sabios ni ignorantes
decido no escuchar más desde ahora.
De noche canto al brillo de la luna,
bailo entre nubes cuando el alba raya...
¿o debo mantener la compostura,
con esta pelambrera enmarañada"
de Han Shan,
El Maestro del Monte Frío, traducción de Lola Diez Pastor.
Por supuesto no hablo de no escuchar a los demás, sabios e ignorantes en un mismo saco, sino tal vez sólo escuchar aquello que dicen, sabiendo que siempre llega filtrado por una palabra letra, que nunca consigue transmitir el exacto sentido de lo que desea. Sólo escuchar
como quien lee poesía. Ante ese fracaso originario, dice
María Zambrano (y nunca podré agradecerle lo suficientemente a
Bel que me la redescubriese) la poesía no toma conscientemente posición alguna, no se hace problema, sino que se abraza al fracaso, se hunde en él sin pretender resolverlo. No le intereresa actuar, porque su actuar es su (bien) decir… puro Lakhan chino